Adicciones
cuando lo que te aliviaba ha empezado a decidir por ti
Alcohol, otras sustancias, juego, pantallas, pornografía, compras. Empezó como una forma de desconectar y ahora cuesta parar.
Solicitar cita →Por Miguel Ángel del Pino · Psicólogo General Sanitario · Col. AO-10457 · Actualizado en octubre de 2026
¿Te reconoces en alguno de estos?
Si varios de estos puntos resuenan contigo, lo que describes tiene nombre — y tiene solución con el enfoque adecuado.
Consumes o lo haces más de lo que te propones, y te cuesta parar una vez que empiezas.
Has intentado reducirlo o dejarlo varias veces, y vuelves al mismo punto.
Lo usas sobre todo para desconectar: del estrés, de la soledad, del aburrimiento o del cansancio.
Lo escondes o lo minimizas ante tu pareja, tu familia o en el trabajo.
Otras cosas que antes te importaban han ido perdiendo espacio.
En Suiza va a más: vuelves a casa, no hay nadie con quien hablar, y es lo que tienes a mano.
Por qué cuesta tanto dejarlo
Una adicción no es un vicio ni una cuestión de falta de voluntad. Es un patrón de conducta aprendido que se mantiene porque, a corto plazo, funciona muy bien: alivia, calma, estimula o desconecta en cuestión de minutos.
El alivio es inmediato y los costes llegan más tarde. Esa diferencia de tiempos explica por qué alguien puede tener muy claro que le perjudica y, aun así, repetirlo.
Desde las terapias contextuales nos preguntamos qué función cumple la conducta: qué te quita de encima o qué te da en el momento en que aparece. En la mayoría de los casos la respuesta tiene que ver con evitar algo —ansiedad, vacío, tensión, soledad, pensamientos que no paran— más que con buscar placer.
Con el tiempo, la vida se va organizando alrededor del consumo y lo demás se estrecha. Y el intento de controlarlo a base de prohibición y castigo suele acabar en un ciclo conocido: aguantar, recaer, sentir culpa y vergüenza, y volver a consumir para no sentirlas.
La emigración añade ingredientes propios: jornadas exigentes, tardes y fines de semana sin plan, poca red y nadie cerca que note el cambio. El contexto que antes ponía límites de forma natural —familia, amigos, rutinas— ya no está.
Cómo trabajamos juntos
Empezamos por entender el patrón sin juzgarlo: cuándo ocurre, qué lo precede, qué te aporta en ese momento y qué te está costando. Con eso definimos un objetivo que sea tuyo —dejarlo o reducirlo— y un plan realista para llegar a él.
Trabajaremos las situaciones de riesgo y la capacidad de atravesar las ganas sin obedecerlas: el impulso sube, se mantiene un tiempo y baja, aunque en el momento parezca que no. Y, sobre todo, construiremos alternativas: una vida con actividades, vínculos y descansos que hagan que el consumo deje de ser la única salida disponible.
El objetivo no es solo dejar de hacer algo. Es recuperar el espacio que eso ha ido ocupando y volver a decidir tú a qué dedicas tu tiempo y tu energía.
Las recaídas, si aparecen, se trabajan como información y no como fracaso. Y si hay dependencia física —en especial con el alcohol o con algunos fármacos— es importante no dejarlo de golpe sin supervisión médica: en ese caso te pediré que lo consultes antes con tu médico.
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