Vivir en otro idioma
cuando en alemán o en francés no terminas de ser tú
En español eres rápido, tienes humor y matices. Aquí, muchas veces, te quedas con la versión resumida de lo que querías decir.
Solicitar cita →Por Miguel Ángel del Pino · Psicólogo General Sanitario · Col. AO-10457 · Actualizado en octubre de 2026
¿Te reconoces en alguno de estos?
Si varios de estos puntos resuenan contigo, lo que describes tiene nombre — y tiene solución con el enfoque adecuado.
En las reuniones sabes lo que quieres aportar, pero cuando consigues formularlo la conversación ya va por otro sitio.
Aprendiste alemán y resulta que a tu alrededor se habla suizo-alemán: entiendes la mitad y sonríes.
Evitas llamar por teléfono, y aplazas gestiones, médicos o trámites por no tener que explicarte.
Notas que te tratan como menos capaz de lo que eres, o temes que sea así.
Acabas el día agotado/a de traducir mentalmente, aunque no hayas hecho nada especialmente difícil.
Te refugias en el círculo hispanohablante porque es donde descansas — y a la vez te sientes culpable por ello.
Por qué el idioma pesa más de lo que parece
El idioma no es solo una herramienta para pedir un café o entender un contrato. Es la forma en que eres gracioso, convincente, cariñoso o preciso. Cuando tienes que funcionar en una lengua que no dominas no pierdes solo vocabulario: pierdes acceso a buena parte de quien eres delante de los demás.
En Suiza se añade algo que casi nadie cuenta antes de venir: en la parte alemana puedes estudiar alemán durante años y seguir quedándote fuera de la conversación, porque la vida cotidiana ocurre en dialecto. No es que no te esfuerces lo suficiente.
Desde las terapias contextuales nos fijamos en lo que ocurre alrededor del idioma. Hablar con errores expone a la vergüenza y a la sensación de parecer torpe. Para no sentirla, lo natural es evitar: callar en reuniones, escribir en vez de llamar, dejar que otro hable por ti, quedar solo con hispanohablantes. Cada evitación alivia en el momento, pero reduce las ocasiones de practicar y de que los demás te conozcan.
A menudo aparece también una conclusión sobre uno mismo: «aquí soy menos inteligente», «no valgo para los idiomas», «nunca voy a estar a la altura». Son pensamientos comprensibles después de muchas situaciones incómodas. Pero cuando se toman como hechos, acaban decidiendo a qué te presentas y a qué no.
Y está el cansancio. Sostener la atención en otra lengua durante toda una jornada consume, y ese agotamiento se confunde fácilmente con desmotivación o con «no estar hecho para vivir aquí».
Cómo trabajamos juntos
Esto no es una clase de idiomas ni un plan para que pierdas el acento. El trabajo es sobre tu relación con hablar de forma imperfecta: qué haces cuando aparece la vergüenza y qué te está costando evitarla.
Identificaremos las situaciones concretas que esquivas —la reunión, la llamada, la conversación con los vecinos o con el médico— y qué te importa en cada una. A partir de ahí iremos dando pasos graduales: participar aunque la frase no salga perfecta, pedir que te repitan, sostener el silencio mientras buscas la palabra.
El objetivo no es hablar sin errores. Es que el idioma deje de decidir cuánto participas en tu propia vida: en el trabajo, en tu barrio y en las relaciones que quieres construir aquí.
También trabajaremos lo que te dices sobre ti a raíz de todo esto, para que tu nivel de alemán o de francés no se convierta en un juicio sobre tu valía. Y mientras tanto, la terapia transcurre en español: un espacio donde no hace falta traducir nada.
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